Parque Nacional Laguna San Rafael

Tierra de glaciares patagónicos

La naturaleza de nuestro trabajo hace que cada proyecto en el que nos involucramos se convierta en una aventura. Fue así cómo vivimos nuestra primera visita al Parque Nacional Laguna San Rafael, tierra mágica de glaciares y ventisqueros blancos azulados adornando el horizonte. Tres días maravillosos en constante contacto con los fiordos y canales patagónicos con cientos de historias por inmortalizar en fotografías.

Nuestra bitácora de viaje tuvo un objetivo sencillo: recopilar una serie de fotografías de esta área protegida para entonces desarrollar la identidad corporativa que identificaría al icónico Parque Nacional Laguna San Rafael, bajo la protección de La Corporación Nacional Forestal (CONAF). Así que con ánimos de exploradores abordamos una embarcación apostada en Puerto Aysén, impacientes por ser testigos de paisajes únicos e inspiradores. Un viaje de casi veinticuatro horas surcando corrientes de aguas dulces, acompañados de una densa niebla y un silente sonido de bosques crujiendo en el horizonte.

Cuando la embarcación fijó rumbo hacia la laguna pudimos notar la cantidad de aves y especies endémicas que pueden verse a simple vista si ponemos atención al entorno. Desde aves jugueteando entre las copas de los árboles hasta escurridizos lobos marinos en plena faena de caza por las heladas aguas. En ocasiones, con un poco de agudeza es incluso posible escuchar con claridad los cantos de las gaviotas y albatros.

Río abajo pudimos entrar en contacto con los primeros trozos de hielo glaciar desprendidos rozando suavemente el casco de la embarcación. También saltaban a la vista contados huemules, abriéndose paso por la robusta vegetación de la zona, acercándose a la orilla del rio para beber agua. Pero sin duda lo mágico del recorrido está a pocos kilómetros del icónico glaciar San Rafael, en ese primer contacto con distintos matices de blancos azulados.

Lo primero que salta a la vista es la cantidad de gaviotas y pelícanos surcando los cielos alrededor de la laguna, como haciendo una especie de danza con su vuelo. Y si miraras a los lados de la embarcación, no se te haría difícil hallar más lobos marinos descansando sobre trozos de glaciar desprendidos. Fue aquí cuando llegamos a un pequeño puerto improvisado y nos abrimos paso por la orilla de la laguna, entre senderos infinitos de denso follaje, captando cada instante con nuestras cámaras.

A nuestra bitácora se sumó un nuevo rumbo: avanzar bosque adentro para llegar lo más cerca posible del glaciar San Rafael. Fue así cómo entramos en contacto con la biodiversidad autóctona de la zona. Chucaos y huet huet adornaban el paisaje con su canto, mientras huemules y pudúes tímidamente saltaban a la vista a pocos metros de nosotros. En la ruta hallamos vestigios de antiguas construcciones, ya abandonadas en el tiempo, de lo que solo quedaban viejas columnas y caminos de piedras aún intactos a pesar de la densa vegetación.

A medida que nos acercábamos al glaciar, pudimos experimentar en carne propia lo que fue quizás el sonido más enigmático y maravilloso de la zona. El crujir del glaciar San Rafael, alzándose por toda la zona como el rugido de leones colándose por el bosque. Era un sonido constante, casi omnipresente que nos acompañó por kilómetros hasta que finalmente, sobre riscos el glaciar se alzó a la vista de todos, acompañado de un profundo silencio de admiración.

Ya habíamos perdido la cuenta de las fotografías que hicimos cuando el atardecer indicaba que era la hora de regresar a nuestra embarcación. Satisfechos, guardamos nuestros equipos, inspirados por todas las maravillas que se cruzaron a nuestro paso. Sin duda habíamos entrado en contacto con cada maravilla natural que la Laguna San Rafael tiene para ofrecer. Fue un retorno tranquilo, acompañados del crujir del glaciar y chucaos cantando entre la espesura del bosque.

Director Creativo/ Luis Fontecha

Producción Ejecutiva / Camila Tramon

Dirección de Arte / Christian Hidalgo

Director Técnico / Juan Zurita

Redactor / Andrés Royer

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Cuando la embarcación fijó rumbo hacia la laguna pudimos notar la cantidad de aves y especies endémicas que pueden verse a simple vista si ponemos atención al entorno. Desde aves jugueteando entre las copas de los árboles hasta escurridizos lobos marinos en plena faena de caza por las heladas aguas. En ocasiones, con un poco de agudeza es incluso posible escuchar con claridad los cantos de las gaviotas y albatros.

Río abajo pudimos entrar en contacto con los primeros trozos de hielo glaciar desprendidos rozando suavemente el casco de la embarcación. También saltaban a la vista contados huemules, abriéndose paso por la robusta vegetación de la zona, acercándose a la orilla del rio para beber agua. Pero sin duda lo mágico del recorrido está a pocos kilómetros del icónico glaciar San Rafael, en ese primer contacto con distintos matices de blancos azulados.

Lo primero que salta a la vista es la cantidad de gaviotas y pelícanos surcando los cielos alrededor de la laguna, como haciendo una especie de danza con su vuelo. Y si miraras a los lados de la embarcación, no se te haría difícil hallar más lobos marinos descansando sobre trozos de glaciar desprendidos. Fue aquí cuando llegamos a un pequeño puerto improvisado y nos abrimos paso por la orilla de la laguna, entre senderos infinitos de denso follaje, captando cada instante con nuestras cámaras.

A nuestra bitácora se sumó un nuevo rumbo: avanzar bosque adentro para llegar lo más cerca posible del glaciar San Rafael. Fue así cómo entramos en contacto con la biodiversidad autóctona de la zona. Chucaos y huet huet adornaban el paisaje con su canto, mientras huemules y pudúes tímidamente saltaban a la vista a pocos metros de nosotros. En la ruta hallamos vestigios de antiguas construcciones, ya abandonadas en el tiempo, de lo que solo quedaban viejas columnas y caminos de piedras aún intactos a pesar de la densa vegetación.

A medida que nos acercábamos al glaciar, pudimos experimentar en carne propia lo que fue quizás el sonido más enigmático y maravilloso de la zona. El crujir del glaciar San Rafael, alzándose por toda la zona como el rugido de leones colándose por el bosque. Era un sonido constante, casi omnipresente que nos acompañó por kilómetros hasta que finalmente, sobre riscos el glaciar se alzó a la vista de todos, acompañado de un profundo silencio de admiración.

Ya habíamos perdido la cuenta de las fotografías que hicimos cuando el atardecer indicaba que era la hora de regresar a nuestra embarcación. Satisfechos, guardamos nuestros equipos, inspirados por todas las maravillas que se cruzaron a nuestro paso. Sin duda habíamos entrado en contacto con cada maravilla natural que la Laguna San Rafael tiene para ofrecer. Fue un retorno tranquilo, acompañados del crujir del glaciar y chucaos cantando entre la espesura del bosque.



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